El hambre oh, el hambre, el frío. Cuánto daría por un café! Pensaba
y daba vueltas en la misma calle, de principio a fin de cuadra. Veía los
abrigos cafés, la tierra café, un café con leche que abrigara y alimentara. Con
el perro que le seguía detrás miraba a la gente muy de cerca como
intimidándole. No daba la impresión de que fuera un mendigo, más bien alguien
de acomodada posición. Lucía corbata de día de semana y un terno negro (que
terrible hubiese sido que fuera café). Los zapatos bien lustrados por la
mañana, salir de casa, tomar el auto e ir al trabajo. Volver a casa, tomar el
auto, pasar a comprar, sacarse los zapatos. Pero el límite llega, el café aún
no se llena, es su ausencia lo que más le duele. El hambre, el frío. La leche,
el café, por si acaso, un cigarro para abrigar la antipatía del aire helado que
entraba sin permiso por sus orejas descubiertas. La gente hablaba con sus cafés
en la mano, llevaban entre sus manos otras de niños, de hombres, mujeres, un
presente, un regalo, un café de encargo, una agenda repleta, un celular, la
soledad, la soledad, el café vacío, la mesa vacía, la cuenta del café en cero,
ni mesero para dar propina, ni lengua para quemar con el agua caliente. El
perro fantasma se ha cansado, piensa. Le ha abandonado. El perro fantasma
vuelve a su bolsillo, de dónde nunca debió haber salido. No, el dinero no
conversa, ni fuma ni siquiera es un perro de sangre viva y caliente. Todo fue
su delirio, señor de la corbata diaria. Qué hambre, qué frío, que hambre de
compañía. Más que un café, alguien con quien compartirlo…
miércoles, 7 de mayo de 2014
martes, 6 de mayo de 2014
Señales
Se acercó al defensor de la pileta, un pequeño ruiseñor que resguardaba las melodías del agua. El cerebro ya no bombeaba y las taquicardias eran nulas, al fin. Acelerada, observó de cerca al pájaro e intentó tocarlo para acariciarlo, pero se esfumó. La pileta siguió derramando sus caudales que tanta impresión causaban a sus ojos negros y los hacía resplandecer como dos aceitunitas. Intentó tocar el agua, pero también se esfumó. Se sentó en la orilla de la pileta, pero fue a parar directo al cemento caliente por el sol de enero. Un calor de soledad le inundaba el cuerpo, el agua y su ruiseñor eran la única esperanza. Volvió la cabeza hacia atrás para confirmar que sólo era una ilusión óptica que había tenido a causa del vino y la hierba de la noche anterior. Pero no. La imagen estaba intacta. Una pileta, un ruiseñor, el agua y ella, cercana al metro, al aire caliente, al sol, al smog, al gentío que pasaba sin sentirla y ella sin sentirlos a todos. Era una soledad de esperanzas, una soledad de apariciones. Se quedó observando largo rato y con los ojos cerrados. Sí, con los ojos cerrados, sintió el canto del agua, el canto del ruiseñor, y el ruido de la ciudad se apagó ante la tormenta del placer. Cuando anocheció, desapareció la imagen romántica. En su lugar, un carrito de sopaipillas cantaba el chillido del aceite hirviendo cuando ponían la masa en su interior. Cerró los ojos unos cinco minutos más y sintió el calor de las frituras, con ellas se abrigó las manos y el rostro. Al fin, sonrió satisfecha. La esperanza ahora era de otro color, de otra temperatura. Volvió a casa con los bolsillos llenos de mansedumbre y los ojos estallando de felicidad y congestión. El pájaro muerto yacía en la tina como lo había dejado en la mañana, es decir, hace años. Comprendió el llamado a la sepultura.
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