El hambre oh, el hambre, el frío. Cuánto daría por un café! Pensaba
y daba vueltas en la misma calle, de principio a fin de cuadra. Veía los
abrigos cafés, la tierra café, un café con leche que abrigara y alimentara. Con
el perro que le seguía detrás miraba a la gente muy de cerca como
intimidándole. No daba la impresión de que fuera un mendigo, más bien alguien
de acomodada posición. Lucía corbata de día de semana y un terno negro (que
terrible hubiese sido que fuera café). Los zapatos bien lustrados por la
mañana, salir de casa, tomar el auto e ir al trabajo. Volver a casa, tomar el
auto, pasar a comprar, sacarse los zapatos. Pero el límite llega, el café aún
no se llena, es su ausencia lo que más le duele. El hambre, el frío. La leche,
el café, por si acaso, un cigarro para abrigar la antipatía del aire helado que
entraba sin permiso por sus orejas descubiertas. La gente hablaba con sus cafés
en la mano, llevaban entre sus manos otras de niños, de hombres, mujeres, un
presente, un regalo, un café de encargo, una agenda repleta, un celular, la
soledad, la soledad, el café vacío, la mesa vacía, la cuenta del café en cero,
ni mesero para dar propina, ni lengua para quemar con el agua caliente. El
perro fantasma se ha cansado, piensa. Le ha abandonado. El perro fantasma
vuelve a su bolsillo, de dónde nunca debió haber salido. No, el dinero no
conversa, ni fuma ni siquiera es un perro de sangre viva y caliente. Todo fue
su delirio, señor de la corbata diaria. Qué hambre, qué frío, que hambre de
compañía. Más que un café, alguien con quien compartirlo…
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