miércoles, 7 de mayo de 2014

La silla vacía

El hambre oh, el hambre, el frío. Cuánto daría por un café! Pensaba y daba vueltas en la misma calle, de principio a fin de cuadra. Veía los abrigos cafés, la tierra café, un café con leche que abrigara y alimentara. Con el perro que le seguía detrás miraba a la gente muy de cerca como intimidándole. No daba la impresión de que fuera un mendigo, más bien alguien de acomodada posición. Lucía corbata de día de semana y un terno negro (que terrible hubiese sido que fuera café). Los zapatos bien lustrados por la mañana, salir de casa, tomar el auto e ir al trabajo. Volver a casa, tomar el auto, pasar a comprar, sacarse los zapatos. Pero el límite llega, el café aún no se llena, es su ausencia lo que más le duele. El hambre, el frío. La leche, el café, por si acaso, un cigarro para abrigar la antipatía del aire helado que entraba sin permiso por sus orejas descubiertas. La gente hablaba con sus cafés en la mano, llevaban entre sus manos otras de niños, de hombres, mujeres, un presente, un regalo, un café de encargo, una agenda repleta, un celular, la soledad, la soledad, el café vacío, la mesa vacía, la cuenta del café en cero, ni mesero para dar propina, ni lengua para quemar con el agua caliente. El perro fantasma se ha cansado, piensa. Le ha abandonado. El perro fantasma vuelve a su bolsillo, de dónde nunca debió haber salido. No, el dinero no conversa, ni fuma ni siquiera es un perro de sangre viva y caliente. Todo fue su delirio, señor de la corbata diaria. Qué hambre, qué frío, que hambre de compañía. Más que un café, alguien con quien compartirlo…

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